Tiempo ha pasado desde que servidora escribiera la última Rugisea, allá por los inicios del verano, y mucho ha llovido desde entonces, pero hasta ahora, ningún acontecimiento ha merecido ser inmortalizado, y pocas de las rugiseas ya acontecidas han tenido el matiz de surrealismo que ésta ha logrado.
De noche todos los gatos son pardos. Eso dice el refrán. Lo que el refrán no valora, claro está, es la posibilidad de que te puedas cruzar no con un gato pardo, sino con un pomposo (y plasta) persa, o un larguirucho y parlanchín siamés. Y es que las razas de gatos son muy socorridas para calificar a los personajes que puedes encontrarte en las sombras de un pub a la una de la noche.
Tal vez sin tener muy en cuenta el famoso dicho que ya he mencionado, yo y Angie (mi amiga) salimos por ahí, para relajarnos, cenar fuera y luego internarnos en el fascinante mundo de El Carmen, uno de los barrios más populares de Valencia, por lo bonito que es y por ser zona de marcha.
Adoro El Carmen. Está situado en el casco antiguo de Valencia, la mayoría de sus calles son de empedrado y puedes encontrar comercios y locales para casi todos los gustos, además de una buena cantidad de restaurantes y bares. Aparte de eso, este barrio en concreto parece ser mágico, parece que miles de historias (pasadas y presentes) bullan entre los edificios, y que hayan susurros y promesas en cada esquina.
Después de una cena sin incidentes y llena de conversaciones sobre proyectos e ilusiones, decidimos enfilar hacia el mágico barrio. Por el camino nos cruzamos una buena cantidad de relaciones públicas que nos hablaban de los pubs de la zona, y hasta nos ganamos un paseo turístico por algunos de estos pubs. De todas formas, al final no calaron las propuestas que nos hicieron de pasarnos por esos locales, y fuimos, como ya manda nuestra particular tradición, a un local que se llama La Flama, y que para nosotras es visita casi obligada cuando vagamos por las calles de El Carmen en horario nocturno.
Cuando llegamos había poca gente, a pesar de que eran casi las doce ya. Las criaturas nocturnas suelen salir a horas más avanzadas, aunque aquella noche, finalmente, tampoco se llenó demasiado el local (lo que se entiende si tenemos en cuenta que era puente...). La Flama no es muy diferente de otros locales: tiene sus rincones oscuros, música, una barra bien surtida y un portero más grande que un armario empotrado, pero después de tantos momentos dentro, pues también, igual que el barrio que la acoge, acaba volviéndose más especial que otros lugares.
Sin preocuparnos casi del movimiento a nuestro alrededor, nos acomodamos en unos sillones con nuestras bebidas, y hablamos de música, de la vida, de todo un poco. Lo bueno de los amigos es que casi siempre tienes cosas que hablar con ellos.
En uno de los pocos momentos en los que el silencio se ha instalado entre nosotras (y porque la música alta no propicia el diálogo), entran los gatos protagonistas de la noche. El persa y el siamés. Uno bajito, de aire presumido, y el otro patilargo y de aire nervioso. Yo, que en ese momento tenía la vista perdida en su dirección, me doy cuenta de que nos señalan "disimuladamente". Al principio, claro, eso me llama la atención, pero al ver que se van a la barra, pues me tranquilizo y respiro.
Respiro que duró poco, porque en cuanto se aprovisionaron de sendas jarras de cerveza, hacia nuestro lugar se encaminaron.
-¡Hola! ¿Nos podemos sentar? Así os damos conversación...
Por lo visto se habían dado cuenta de que estábamos calladas y tal vez por eso pensaron que estaríamos aburridas. Qué cómoda es a veces la ignorancia. A la pregunta formulada, a esa petición con intenciones, yo no contesto, pero Angie sí:
-Bueno...
Sin acabar de pronunciar la palabra, aquellos ya se habían aposentado estratégicamente. El persa, a mi lado, el siamés, al lado de mi amiga. Algunas preguntas de cortesía, a qué os dedicáis, de dónde sois. El gato persa era ingeniero (vaya, hombre). De lo que dijo el siamés no me enteré, porque la música, como he dicho, estaba alta y él estaba sentado lejos de mí.
Enseguida empezamos a percibir otra frase popular: cada oveja con su pareja. Por lo visto, habíamos sido ya designadas a los respectivos felinos en base a su propio criterio, y durante el rato que estuvimos allí, prácticamente no hablamos ni la una con la otra, ni con el otro gato. Y a mí, queridos lectores, me tocó la peor parte.
Nunca me ha gustado la raza persa. Dejando de lado a este especimen encontrado en las sombras de la Flama, la raza en concreto no me ha gustado nunca. Tanto pelo, la cabeza tan chata que parece dibujar una mueca de desprecio, tan delicados en cuidados... Yo, que siempre he sido fan de los gatos (también de los perros, pero éste no es el caso), nunca he apreciado mucho esta raza, ni la famosa facilidad que tienen para ganar concursos de belleza por sus (eso sí) preciosos pelajes.
Tampoco, claro, me gustó el persa humano que estuvo gran parte de la noche a mi lado. Cuando le dije que estaba acabando Magisterio, sólo dijo que apreciaba el trabajo de los maestros porque su profesión era muy humana. Una obviedad lanzada para agradarme. Igual que no me gustan los persas, tampoco me gustan las personas que quieren caer bien o llegar a alguien sólo a través de la alabanza de lo que hacen, sin mostrar una opinión propia, sólo diciendo lo que el otro quiere oír.
- Pues mira, yo es que soy superdotado, pero no en lo que los dos estamos pensando, jeje- "Comenzamos mal, figura"
-Ahm... ¿Y te llevaron a centro especializado?
-No, no, yo todo lo hice en escuela pública...- "Sospechoso"
-Ajá, pues te ha ido bastante bien.
- Sí, pero por ejemplo mi hermana, que también es superdotada, ha fracasado escolarmente- "Vaya hombre"
- ¿Tu hermana también es superdotada?
- Sí, yo creo que nos viene de mi madre, que también lo es. Estaba trabajando en una gestoría de mierda- "Sí, pues sé de unos cuatro millones de españoles que estarían deseando trabajar en una 'gestoría de mierda'"-...y yo le dije que no fuera tonta y que se pudiera estudiar y ahora es directora de una compañía aeronáutica.
-Anda... Oye, cuántos superdotados ¿no?
- Sí, es que mi abuelo también era, y mi padre es muy inteligente...- "Ya, claro, y los peces que tenéis en el acuario, y el perro y hasta la planta del balcón, que es tan superdotada que se riega sola"
Al poco de esto, su mano empezó a estar peligrosamente cerca de mí. Yo me alejaba, haciendo bien notorio mi desagrado, y él retiraba momentáneamente la mano. Cuando vio que la cosa se quedaba en rifi-rafe de me acerco y te alejas, decidió ir un paso más allá y me cogió las manos.
-Tienes unas manos muy bonitas- dijo lisonjero.
-Yo las veo bastante normales- "Mejor irse por la tangente"
-No, no, son muy bonitas.
-Pues mira, tengo las uñas mordidas- resalto la obviedad y, por tanto, dejo destapadas sus intenciones de hacerme la pelota.
-Uy, pero no las tienes mal...
Desprendo mi mano de la suya. Él calla. Miro a mi amiga, que asiente a lo que le está diciendo su acompañante. Por lo que veo (y después obtuve confirmación), el chico no es capaz de callar ni bajo el agua. El persa vuelve a la carga, y me acaricia los dedos. Aparto la mano.
-Ay, es que tienes unas manos muy bonitas...- "Ya estamos otra vez"- ¿Te molesta que te la coja?
-Mira, es que no estoy muy acostumbrada a que un desconocido venga a agarrarme la mano- ya voy directa.
- A ver, mírame a los ojos- le miré a los ojos con ansias asesinas- Es cierto que no es normal ir cogiéndole la mano a la gente...- "Sabia afirmación"- pero, es que tú para mí ya no eres gente, y yo sé que para ti yo ya no soy la gente.
- Perdona, pero tú para mí sí que eres la gente, porque ni siquiera sé tu nombre.
- ¡Uy! Soy Pau...- "Por lo menos el nombre sí que es bonito"
- Yo Ana.
- Ah, vale. Oye ¿y tienes novio?
YA CAYÓ LA PREGUNTITA. Cuando un hombre está toda la noche dándote la murga con tus manos y te pregunta que si tienes novio, entonces tienes la última confirmación necesaria para afirmar que el sujeto en cuestión desea algo más que palabras contigo. Pero a mí no me molesta responder esta pregunta, al contrario, me alegra porque tal vez así, al estamparle la realidad (lo sé, soy cruel) tal vez gane algo de paz.
-Pues sí, sí que tengo.
Pausa.
-¿Y va a venir esta noche?- "Ah, amigo" pienso "Claro, a ver si tienes que salir por piernas ¿eh?"
-Pues no, no creo- aquí debí mentir, pero mira...
-Ah... ¿Y qué tal va la cosa?- "Increíble, este persa presuntuoso piensa que tengo problemas con mi chico y tal vez necesito su fuerte hombro para llorar"
- Pues muy bien, ya llevamos dos años.- Me llena de satisfacción afirmar esto.
-Ah... Pues dos años ya es tiempo ¿eh?
"Sí" divago en mi interior "Y me encantaría decirte que mi novio es un estupendo ejemplar de abisinio, un gato sin exceso de pelo, con porte majestuoso sin ser presumido y con mirada inteligente. Un persa no le llega ni a la suela de sus felinas patas"
-¿Y a qué se dedica?
- Pues está estudiando Ingeniería.
- ¡Anda! Pues entonces también debe ser muy inteligente...
- Mucho, y también tiene mucha imaginación...
- Yo también soy muy creativo- "Barriendo para casa ¿eh colega?"
- Ya.
Nuevo silencio. Aquí quiero dejar claro que de normal, si alguien me habla respetuosamente y no tengo un cabreo encima, no suelo estar callada, al contrario, intento estar a la altura de la conversación. Los silencios que adornan esta conversación simplemente se dieron porque me sentía absolutamente invadida por el individuo-gato persa, así que ni me sentía respeta y además me estaba cabreando.
- Oye- el gato persa habla para los cuatro- ¿por qué no nos vamos a Radio City?
Angie y yo nos miramos. En ese momento aprovecho para hacerle un elocuente gesto que indicaba lo ansiosa que estaba yo por abandonar el local, pero desde luego, no en compañía de los gatos que nos vigilaban.
-No, mira, es que mañana tengo que madrugar y no creo que nos quedemos mucho más- Angie siempre es ágil para estas cosas.
-Ah, bueno...
Y en ese momento, ocurrió algo. Empezó a sonar Beat it de Michael Jackson. De repente, el pomposo gato persa, se levantó impulsado por un resorte. Yo preferí obviar esto. Antes de relatar lo que ocurrió a continuación, que los más avispados ya imaginaréis, quiero dejar claro que La Flama es un lugar frecuentado especialmente por heavies, metaleros, y este tipo de gente.
Como iba diciendo, sonó esa canción, supongo que hasta los heavies hacen tributos a Michael Jackson. Y como también he dicho, el gato persa en seguida se puso en pie. En este momento, yo no quise pensar, pero sabía perfectamente lo que iba a ocurrir.
El señor se plantó en el espacio vacío que había entre sillones y mesas, que no es exactamente una pista de baile pero que podría actuar como tal, y empezó a bailar. Y no me refiero a que empezara a moverse disimuladamente, si no que empezó a realizar una especie de coreografía en la que hasta hacía con la mano como si tuviera uno de los sombreritos del Sr. Jackson. Ale, piernas arriba, ale, pasitos, ale, brazos... Como todos vosotros podréis imaginar, todo el pub estaba observándolo. Al menos se me resolvió la duda existencial de qué cara pondrían unos heavies que vieran a un tío bailar una canción de Michael Jackson. Como también supondréis, Angie y yo nos moríamos de la risa. Y el siamés nos miraba como disculpándolo y decía: "Es que el chico no es de aquí".
Cuando acabó su pantomima, los fortuitos espectadores le aplaudieron. "Eso falta" pensé "Que le déis más cuerda". Cuando acabó, se dirigió a nosotras, y a modo de disculpa dijo, supongo que porque nuestras risas no fueron demasiado disimuladas:
- Es que no tengo el sombrero.
- Oye, pues por ahí fuera hay uno vendiéndolos- Angie, como he dicho, siempre es rápida.
- ¿Ah, sí? Bueno, es que de todas formas estaba haciendo los pasos de Billy Jean, que me la sé mejor que ésta, pero ésta también me la sé ¿eh?- "No lo ponemos en duda"
Después de este momento, creo que ya nada nos podía sorprender. Nos levantamos para ir al baño, donde, por supuesto cruzamos comentarios, y cuando salimos nos habían quitado el sitio otros chicos. Y los dos gatos se empeñaron en cedernos sus asientos (qué cómoda es también la caballerosidad cuando nos conviene) pero nosotras, bueno, más bien yo, dije que ya era tarde y que nos íbamos.
Aprovechando el momento en el que el gato persa estrechaba su pata con los gatos invasores, que sí que eran pardos, nosotras nos escabullimos. Y cuando ya parecía que le habíamos dado esquinazo, antes de lograr salir a la calle, vino diciendo que no nos habíamos despedido de él. Angie, que es más educada, le dio dos besos, y yo, que soy muy mía para elegir la gente a la que le doy besos, continué mi camino hacia la puerta y le dije adios con la mano, con el alivio de quien se despide de los mortales anillos asfixiantes de una anaconda.
La vuelta a casa, normal. Llena de risas, porque aunque el pomposo gato persa me hubiera sacado de mis casillas, no tiene precio que un hombre, con tal de llamar la atención, haga un rato el payaso. Mil promesas también de repetir una noche como ésa, aunque desde luego, la próxima vez no dejaré que un gato persa se me acerque demasiado.